La mansión Spencer gritaba riqueza y opulencia a través de cada uno de sus muebles y cuadros, que costaban nada menos que una fortuna. El mármol pulido, las lámparas de araña y el exquisito gusto de Roberto se reflejaba en cada tramo por dónde pasaba.
Lorena pisó fuerte al entrar y el mayordomo no se tomó la molestia de guiarla hasta la habitación matrimonial. El personal sabía de sus andanzas con su suegro, pero todos habían firmado acuerdos de confidencialidad, así que nadie se atrevía a del