—¡¿Una qué?! —gritó.
—Una mamada, Carol. No te hagas la inocente.
Carol lo miró perpleja, dándose cuenta de que su jefe se había vuelto completamente loco.
—¡¿Cómo te atreves a…?!—las lágrimas se apoderaron de sus ojos. Ni siquiera era capaz de pronunciar esa infame palabra.
—Tic Tac —Gustavo simuló el sonido del segundero de un reloj.
—¡No lo haré! ¡No puedo! —la impotencia presente en su voz.
—De acuerdo —contestó sin emoción—. Ahora recoge tus cosas y vete.
—Pero…
Carol l