Pero desde que mis padres se fueron, nunca más me quejé del sabor amargo de las medicinas, porque ya no había nadie que me diera caramelos, y dejé de comerlos.
—Es muy dulce —Sergio volvió a acercar el caramelo, rozándolo contra mis labios, como tentándome.
Finalmente abrí la boca, pero en el momento en que el caramelo tocó mi lengua, las lágrimas invadieron mis ojos y comenzaron a caer.
—¿Por qué lloras? —su mano tocó con delicadeza mi rostro, limpiando mis lágrimas.
Mejor no hubiera dicho nada