Carlos se volteó y me miró, sus ojos oscuros y profundos temblando con sorpresa, seguida al instante por una irritación furiosa.
—Sara, hay momentos para tus caprichos, pero Beatriz...
—Yo soy tu prometida—lo interrumpí en seco.
Qué patética me sentí al decir eso.
Antes, cuando veía estas escenas en la televisión, siempre pensaba que la protagonista era una verdadera tonta por desperdiciar su aliento en un hombre así. Ahora que me tocaba a mí, entendía en verdad ese sentimiento.
—¡Beatriz está