En los Jiménez había desenmascarado su hipocresía y sus miserables maquinaciones. Debía estar furiosa por ello.
Beatriz me miró. Agarró la puerta de su coche, y cuando pensé que iba a abrirla para tirarme o pegarme, se inclinó nerviosa y se arrodilló frente a mi vehículo.
No me lo esperaba. Había anticipado que me rogaría, pero en realidad no que se arrodillara. La mujer era realmente adaptable a las circunstancias.
La verdad, que se arrodillara no me molestaba; lo merecía, después de todo, me h