Amelia no habló con nadie al salir del edificio. Pasó frente al mostrador de recepción con la barbilla en alto, sus tacones golpeando el piso de mármol en un ritmo constante, aunque sus manos temblaban junto a su bolso.
Nadie la detuvo. Nadie le preguntó si estaba bien.
Llegó a su auto, subió y cerró la puerta. Solo entonces sus hombros cayeron. Durante varios segundos, simplemente se quedó ahí sentada. El silencio se sentía más pesado que la oficina de Lucien.
Se miró en el espejo retrovisor.