Siete años después, en el Centro Financiero Internacional de Milán, crucé el salón del brazo de mi padre.
Al cruzar el salón, entendí que ya nadie dudaba: yo era la líder indiscutida del norte.
Madonna Vitale, así me llamaban ahora.
Sentí un cosquilleo en la palma: era Angelo, con su manita suave, buscando mi atención.
Sonreí y despeiné con ternura su cabello oscuro.
—¿Qué pasa, mi angelito?
—Mamá —susurró con una seriedad rara en un niño—, ese hombre no deja de mirarte.
Seguí su mirada hacia un