Capítulo 6
Siete años después, en el Centro Financiero Internacional de Milán, crucé el salón del brazo de mi padre.

Al cruzar el salón, entendí que ya nadie dudaba: yo era la líder indiscutida del norte.

Madonna Vitale, así me llamaban ahora.

Sentí un cosquilleo en la palma: era Angelo, con su manita suave, buscando mi atención.

Sonreí y despeiné con ternura su cabello oscuro.

—¿Qué pasa, mi angelito?

—Mamá —susurró con una seriedad rara en un niño—, ese hombre no deja de mirarte.

Seguí su mirada hacia un
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