—Venga, que te llevo. —escuchó Sam cuando iba a abrir la puerta del coche. Ciertamente estaba agotada, pero esa ducha que había tomado aunque de pocos minutos le había colmado bastante. Eso y el abundante desayuno que Nana la había obligado a tomar. Pues tenía que admitir que cuando se había sentado en la banqueta de la isla de la cocina, su hambre había resurgido con ganas.
—Pensé que te habías marchado. Cuando bajé ya no estabas. —Y aunque nunca se lo diría, había lamentado que se hubiera ido