El sol estaba despuntando por el horizonte cuando Marcos parqueó su deportivo plateado frente a la mansión de los Montenegro para recoger a Samantha. Sus ojos expresaron sorpresa cuando esa rubia que lo traía descoordinado desde hace días se bajaba de un auto totalmente desmoralizada. Y en pijama.
— ¿Todavía no estás lista? Necesitamos irnos ya, sino perderemos el avión.
Sam levantó la cabeza al escuchar esa voz. La reunión se le había olvidado por completo después de la nochecita que habí