El amanecer no trajo paz: trajo movimiento.
Dante llevaba horas despierto, con el teléfono pegado al oído, cortando llamadas con frases cortas, dando ordenes, rutas, cerrando grietas. Desde que Ivana había regresado, el mundo se había vuelto más ruidoso. Desde que él la había rescatado, el mundo se había vuelto más hambriento.
Ivana lo observaba desde el umbral, con una taza de té entre las manos. Parecía tranquila, pero por dentro contaba latidos. Cada náusea era un recordatorio silencioso: ya