su vida dio un giro

El punto de vista de Daphne

—Es la quinta vez que tienes arcadas. ¿Segura que no te vas a hacer esa prueba? El kit está ahí mismo, sobre el lavabo —intentó convencerme Irene, pero yo no estaba dispuesta a ceder.

—Él se aseguró de que me tomara la pastilla del día después antes de salir de su habitación, Irene —le recordé mientras abría el grifo, dejando correr el agua un momento antes de salpicármela en la cara.

—Sí, lo hiciste, pero solo para estar seguras, ¿qué tal si te la haces? Al menos para espantar los pensamientos que tengo —me gritó desde la otra habitación.

—Sigo sin hacerme la prueba, así que olvídalo —caminé con pesadez hacia ella haciendo un puchero.

Habían pasado cuatro semanas desde la última vez que vi al "Señor Desconocido" y, de alguna manera, dejó una huella imborrable en mí. No lograba entender qué era; si el sexo o la forma en que me insultó después, pero el sentimiento no se iba.

—Deja de soñar despierta —Irene chasqueó los dedos frente a mí mientras yo miraba hacia la nada, perdida en uno de mis tantos recuerdos.

—No lo hago —negué, clavando la mirada en ella.

—¡Ah, no! ¿Entonces dime por qué tienes eso en las mejillas? —Entrecerré los ojos y corrí hacia el espejo.

—¡Irene! —gruñí al notar que no tenía nada.

—Te ves tan linda cuando haces eso... y sabes que me encanta tomarte el pelo —tenía un tazón de su botana favorita mientras miraba la televisión. Regresé junto a ella, tratando de mantener el equilibrio antes de dejarme caer en el sofá.

—Pásamelo —hice un gesto hacia el control remoto, con la intención de cambiar de canal, cuando lo vi. Estaba sentado majestuosamente en su asiento, con una expresión gélida. El control se me resbaló de las manos y golpeó el suelo.

—¿Qué te pasa? —preguntó Irene al ver que yo estaba pegada a la pantalla. Reconocería esa voz en cualquier parte, sin importar dónde estuviera.

—Es él —señalé directamente a la televisión.

—¿De qué hablas? —preguntó Irene, fijando su mirada en mí.

—El hombre con el que tuve la aventura de una noche —respondí, sin saber qué hacer.

—No puede ser... a él lo conocen como "La Bestia". Si de verdad es él, me alegra que te hayas tomado esa pastilla —soltó un suspiro, totalmente aliviada. Yo me levanté y corrí al baño otra vez.

Parpadeé frente al espejo con los labios y las manos temblando. Mi mirada se desvió hacia el kit de prueba que estaba allí al lado; lo tomé con el corazón en un hilo.

—Tienes una llamada —la voz de Irene me interrumpió.

—Debe ser Jaden, ¡no contestes! —le grité.

Apreté el kit en mis manos, preparándome. Mi corazón se detuvo mientras esperaba el resultado tras orinar en la tira.

—¡Noooo! —grité antes de colapsar en el suelo. No era posible que esto estuviera pasando, y menos con La Bestia. Tenía fama de ser despiadado; cualquiera menos él, supliqué.

—¿Qué pasó? —Irene llegó casi sin aliento y se sobresaltó cuando le extendí la tira.

—Estoy embarazada de La Bestia, esto no me puede estar pasando —grité hasta que sentí que los pulmones no me daban más.

Chillaba y me tiraba del pelo, fuera de mí. No sabía qué hacer. Él me había comprado las pastillas y yo me las tomé, así que no pensé en tomar nada más.

—Él no, por favor —sollocé abrazándome a mí misma, con las lágrimas fluyendo sin cesar. Esta no era la vida que imaginé para mi hijo; no con un hombre del que se rumoreaba que no tenía corazón, a quien todo el mundo odiaba.

—¿Cómo pasó esto? —me pregunté, aturdida, mirando fijamente a Irene mientras ella me gritaba.

—¡Tienes que calmarte! —me gritó, pero yo no podía pensar con claridad.

—¡Daphne! —exclamó antes de darme una bofetada tan fuerte que sentí el escozor inmediato. —No eres la primera que se queda embarazada...

—¡Del bebé de La Bestia! —le recordé, interrumpiéndola—. Has oído hablar de él, de lo despiadado que es, de que dicen que no tiene compasión humana. ¿Cómo diablos me metí en este lío?

—Me dijo que no quería que yo pariera un hijo suyo, me llamó mujer ligera... sus ojos destilaban odio hacia mí. Me costó todo mi orgullo no encogerme de miedo. Irene, tengo miedo —admití sinceramente, inquieta.

—Entonces tienes que huir —sugirió, haciendo que la mirara con furia.

—Eso no es posible y lo sabes. No hay forma de que huya. ¿A dónde? ¿Cómo? Ni siquiera es una opción —la miré fijamente, llevando mis manos a mi vientre. —¿Quién manda en esta ciudad? ¿Quién la controla? ¿Quién toma las decisiones aquí?

Toda mi contención se desmoronó y me puse en pie. No iba a quedarme sentada escuchando lo que Irene tuviera que decir.

—¡No me importa! Yo no quería esto, Irene, ¡no quería esto! —señalé mi vientre mientras gritaba.

—Pero el niño te quiere a ti, Daphne. El niño te eligió, y por eso no pudiste deshacerte de él —mis manos perdieron fuerza mientras intentaba procesar lo que acababa de decirme.

—¡Irene! —exclamé mientras ella me atraía hacia sí, dándome palmaditas en la espalda.

—Estarás bien, Daphne. Puedes ir a casa de mi madre o de tu abuela; sabes que ella te cuidará. Yo iré tras de ti en cuanto resuelva lo que me ata aquí —asentí suavemente con la cabeza.

Necesitaba que me lo asegurara de nuevo, necesitaba saber que no haría esto sola. Quería que estuviera a mi lado siempre.

—Estaré allí antes de que te des cuenta —sus palabras me calmaron los nervios. Entramos juntas a la habitación; yo miraba al techo mientras ella empacaba mis cosas.

—Toma, llevaré lo demás cuando vaya —me entregó una maleta pequeña antes de empujarme suavemente hacia la puerta. Entrelacé mi mano con la suya, sin sentirme lista para la nueva vida que me esperaba, pero sabiendo que no tenía otra opción. Todo pasaba tan rápido que necesitaba tiempo para asimilarlo.

—Asegúrate de llamarme en cuanto te instales —me recordó Irene mientras salíamos de la casa.

—Lo haré —esbocé una pequeña sonrisa, mirando al cielo que brillaba con fuerza.

—El bebé... —acarició suavemente mi vientre—. Hay que protegerlo a toda costa —me recordó apretando mis manos.

—Sube —abrió la puerta trasera del taxi que había detenido para mí y la cerró con cuidado.

Sollocé mientras la veía despedirse con la mano hasta que la perdí de vista.

—Prometo no abandonarte nunca. Te daré la mejor vida, aunque tenga que terminar lavando platos —susurré, mirando mi vientre con un tono cargado de determinación.

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