—¡La quiero! ¡Déjame tener tu gran polla monstruo! ¡Por favor tío Bennie! —sollozó de placer.
La invitación. Declaración descarada y sexy.
Era una dulce condenación.
—¿No vas a parar? Puta provocadora. ¿Por qué carajos debería yo entonces? —gruñó Bennie, euforia envuelta en dolor subiendo por su polla mientras perseguía el orgasmo tabú que sabía que lo haría sentir enfermo después.
Aun así, su cuerpo lo anhelaba. Tenía que tenerlo.
Sus caderas bombeaban ferozmente en su puño, el entorno olvidad