—Por favor —sollozó, todavía rodando las caderas sin descanso sobre sus dedos que bombeaban y su lengua que azotaba a pesar de que él la avergonzaba—. Fóllame. Necesito tu polla. No puedo soportar esto más. Métela. Te lo ruego, tío Bennie. Por favor folla mi coño virgen. Por favor haz que se corra —suplicó desesperada.
Esta fue la gota que colmó el vaso. La contención de Bennie, o lo que quedaba de ella, se esfumó.
Se retiró. Los labios brillando con sus jugos. Los ojos oscuros de necesidad sin