«Joder, papi. Justo ahí, por favor no pares», gimió Polly contra su almohada.
Sus caderas se restregaban desesperadamente contra el colchón, su cuerpo perdido en la lujuria mientras dos dedos gruesos se curvaban con saña dentro de su empapado coño virgen.
La cara de Max estaba enterrada entre sus muslos abiertos, su lengua azotando su hinchado clítoris con golpes ásperos y posesivos.
—Eso es, nena. Prepara tu pequeño coño para una buena follada —urgió Max, el padrastro de Polly, mientras sus d