VANESSA

Hace un año regresé del exilio donde permanecí por veintitrés años. Cuando me fui estaba lleno de esperanzas y planes, sueños fantásticos que fueron derrumbándose uno por uno como un castillo de arena a la orilla de un mar sereno. Dejé atrás muchas cosas que, en aquella época, no me parecían tan vitales y hasta incómodas, cosas que luego descubrí que se llamaban responsabilidades. Era muy joven, o al menos eso era lo que aliviaba mi conciencia cuando la edad me fue dictando los errores que cometí en el pasado y que, por desgracia, seguía cometiendo una y otra vez.

El colofón de mi agitada, convulsa y desperdiciada vida me llegó en un sobre amarillo con rótulo y letras negras que indicaban su procedencia. Era de un hospital público que me atendió después de un insignificante accidente laboral del cual esperaba sacar algún beneficio. Al abrirlo pude leer que decía sin muchos miramientos que se había detectado una masa sospechosa en la región del tórax y que debía de inmediato realizarme más pruebas. Después del susto inicial, llegué a la conclusión que solo buscaban una excusa para sacarme más dinero del seguro; ya me habían advertido sobre eso y me tranquilicé, pero no pasó mucho tiempo antes de sentir un agudo dolor que me llevó nuevamente a dicho centro de salud. En tres días me diagnosticaron un cáncer que crecía como un cactus a la orilla de un oasis. Más pruebas, pinchazos y biopsias arrojaron el resultado fatídico. Iba a morir, posiblemente en uno o dos años con medicación apropiada o seis meses sin ella, a no ser que  Elon Musk se olvidara de ir a Marte y se dedicara a descubrir una cura efectiva contra el mortal cangrejo, cosa que no creía seriamente.

Decidí entonces vender todo lo que tenía en mi poder, que no era mucho; le pedí dinero  a mis pocos amigos con la promesa, claro está, de devolverlo cuanto antes y robé todo lo que pude de los apartamentos del edificio donde vivía y por último también pedí un crédito en el banco, que por supuesto nunca devolví. El mejor día de la semana dejé vacía la caja registradora de mi lugar de trabajo y regresé a mi país. Aquí el tratamiento que mi seguro no cubría me costaría menos de la mitad y me quedaría dinero suficiente para vivir más o menos bien durante el año o dos que me dieron los médicos.

No solo regresé a mi país, sino que me instalé en el mismo lugar donde viví toda mi juventud. Ya nadie me recordaba y toda mi pequeña familia había muerto. Me hice llamar diferente por si acaso aparecía alguien con ánimos de cobrar una vieja deuda y me entregué a los pequeños placeres que el dinero me podía comprar en un país tercermundista, aunque la verdad es que no pude disfrutar mucho nada de lo que hacía, como cualquiera se puede imaginar debido a mi situación.

A los tres meses de mi última aventura fallida, me encontraba sin nada satisfactorio que hacer y totalmente convencido de que los últimos días de mi vida iban a ser los más aburridos y oscuros que nunca hubiese tenido. Entonces sucedió algo que nunca habría ni siquiera imaginado.

Entré en un café como hacía todas las mañanas para desayunar y la vi. Desde el primer momento me llamó la atención, algo muy normal porque era joven y hermosa; pero al seguir mirándola, producto del aburrimiento propio de tomar una taza de café en soledad, me percaté de sus rasgos primero y luego de su figura. La forma de su cuerpo y las proporciones, incluso la manera de tomar el libro que sostenía con una mano y cómo se llevaba la taza a sus labios hermosamente rojos con la otra me resultaba extrañamente familiar. Un clic sonó dentro de mi cabeza, alargué mi estancia allí pidiendo más café y colocándome en otra mesa para tener una mejor visión de ella. El cabello castaño se desparramaba por detrás del espaldar de la silla en forma de una cortina brillosa y pareja que se movía suavemente al compás de la brisa que entraba al local cada vez que alguien entraba o salía del mismo abriendo la puerta. Cada cierto tiempo, en sus labios se dibujaba una leve sonrisa, resultado sin duda alguna de la asimilación de lo que estaba leyendo, causándole un gran placer. Cuando puso el libro sobre la mesa para terminarse la bebida, me levanté y pasé por su lado para ver de qué libro se trataba. En la tapa pude ver su título: “El largo adiós”, seguramente disfrutaba del humor cínico de Philip Marlove, mientras desentrañaba la trama. Al lado del plato la taza, descansaban dos o tres cuadernos de estudio y sobre ellos un grueso tomo de filosofía para estudiantes de cuarto año de la universidad.

“Chica hermosa e inteligente”, pensé y seguí mi camino al mostrador. Allí le pregunté al dependiente si la muchacha de los libros venía a menudo, señalándosela con la cabeza. El joven se demoró unos segundos en responder, seguramente sopesando si era prudente dar información sobre alguien como ella a un extraño que sobradamente le doblaba la edad; pero como la chica no era a todas luces menor y yo era un cliente fijo, terminó por responderme que venía todos los días menos los fines de semana a la misma hora y luego de tomarse dos cafés y leer un poco, se iba. Luego de clases volvía para otro café y seguía su camino. Le di las gracias y una generosa propina, sonrió y quedó saldada mi deuda con él.

El siguiente día era sábado y como predijo el joven, ella no se presentó. Esperé pacientemente hasta el lunes. Me puse inconscientemente mi mejor ropa y esperé, nervioso como un niño, a que viniera. Llegó como un ciclón de aire fresco y perfume de violetas; no solo era hermosa, sino que su presencia y personalidad no podía pasar inadvertidas para nadie. Se sabía bella, sin embargo no hacía alarde de ello, tampoco se notaba en sus modos una falsa modestia; simplemente lo tomaba como algo natural, algo a lo que se acostumbró y que al parecer no le dio mucha importancia mientras crecía, dedicándose a cultivar la belleza más difícil de todas, la del conocimiento. Ya la naturaleza le había dado gracia, pero ella la dotó de algo mejor y más duradero, sin duda la madre hizo un gran trabajo con su educación.

El camarero la miró y luego, algo serio, me dirigió una mirada que podría haber interpretado como mejor me viniera en ganas. Ella tomó su asiento habitual y comenzó a sorber el néctar ceremoniosamente. Estaba claro que era un ritual firmemente establecido, quizás desde el primer año de la universidad. Le faltaba bien poco para terminar su libro, así que cogí el bulto que traje conmigo y fui a su encuentro.

—Perdone si le molesto, pero no he podido evitar verla leer ese libro por varios días.

Pareció bastante sorprendida, pero reaccionó enseguida. Puso la taza en la mesa, tragó el café que aún tenía en la boca y, bajando el libro que sostenía en alto, me sonrió amablemente.

—Sí, me gusta tanto que he tratado de alargar la lectura, pero por desgracia creo que hoy lo termino.

—Al final muere el detective, lo mata su amigo.

Su rostro cambió por completo. Abrió los ojos visiblemente enojada, mientras su piel subía dos tonos de color. Ante tal reacción tuve que actuar rápido, no fuera a lanzarme el contenido de su taza.

— ¡Es una broma, solo una broma! —dije disculpándome con un gesto de mis manos y aguantando la risa.

Ella dejó escapar el aire aliviada y disimuló una sonrisa involuntaria, llevándose la taza a los labios. Tragó y regresó su mirada a mí, fingiendo estar enfadada.

—Si muere al final, le buscaré y le haré pagar por el spoiler.

      — ¿Por el qué? —le respondí sinceramente intrigado.

      —Por contarme el final —me aclaró, dándose cuenta al calcular mi edad, que no sabía mucho sobre el lenguaje de los jóvenes, lleno de palabras prestadas de otros idiomas.

      —Mi nombre es Raúl y también me gusta Raymond Chandler, pero hace años que tengo sus libros y realmente no tengo a quién dárselos. Por eso, cuando me di cuenta que usted lo leía, pensé en dárselos. Quizás le sirvan para despejar de sus estudios —le señalé los libros universitarios que descansaban a su derecha y le extendí el bulto con tres novelas del autor.

Ella se quedó sin saber qué decir. Posiblemente calculaba si era correcto recibir un presente de un perfecto desconocido, aunque se tratara de libros viejos. Aprovechando la sorpresa continué tratando de convencerla.

—Po favor, acéptelos, lo hago de buena fe. A mí ya no me sirven para mucho y tengo muchos más por si le apetece leer otros autores.

El apartamento que compré para terminar mis días, vino con un amplio librero que por alguna razón no tiré de inmediato, pues realmente no era muy adicto a los libros y solo por casualidad, entre los pocos que leí en toda mi vida, se encontraba el que la chica estaba terminando.

—Está bien, los acepto, aunque no le garantizo que los lea rápido, porque los estudios me llevan mucho tiempo.

—No es problema. Realmente son un regalo, no los quiero de vuelta, de hecho estoy buscando cómo deshacerme de unos cuantos cientos que me estorban en la casa.

—¿Usted realmente no lee mucho, cierto?

—No, realmente no; pero veo que usted sí y me alegra que alguien los use.

—¡No se diga más! Le agradezco mucho el gesto. Ahora tengo que apurarme, hoy es lunes y entro más temprano a clases.

Se puso de pie con una maravillosa sonrisa y los ojos brillantes. Se apoderó del bulto como si fuera algo muy preciado y me extendió una suave pero firme mano.

—Me llamo Vanessa, señor…

—Raúl.

—¡Raúl, claro! Hasta luego y que la pase bien.

—Igualmente. Ya nos veremos, paso mucho tiempo por aquí.

Salió liviana como una brisa de verano, dejando atrás un ambiente que se disipó después de tres tazas de café.  Antes de salir, pasé por la caja y le pagué al joven, quien me seguía mirando de una manera muy rara.

—No es lo que piensas —le solté al pasar por su lado.

No me importaba en lo más mínimo lo que el hombre pensara, pero podía interferir con Vanessa en mi contra si era demasiado entrometido. Durante dos meses nos seguimos encontrando en el café. Cruzábamos saludos y de vez en cuando alguna mirada. Ella me mostraba los libros según los iba leyendo y yo le hacía ver mi satisfacción. Un día no se sentó a su mesa habitual y vino directamente hacia la mía. Me pidió permiso y ocupó una silla frente a mí, me sonrió y me dijo que el curso terminaba en seis meses y que no tenía dinero para comprar libros, así que aceptaba el ofrecimiento que le hice de regalarle los que tenía en mi poder.

—Le conté a mi mamá y ella me dijo que podía ir a su casa, siempre y cuando ella fuera también. Tenga en cuenta de que no le conocemos, no es por pensar mal de usted.

—Tu mamá es una mujer inteligente y precavida. Debe quererte mucho.

—Yo también le quiero mucho. Debería conocerla, tiene más o menos su misma edad y es muy bonita. Además es soltera, nunca ha tenido novio.

—Evidentemente eso no es cierto, a no ser que seas adoptada.

Por primera vez la vi reírse a carcajadas, aunque sólo fueron dos segundos antes de que se tapara la boca con su mano, algo dentro de mí me impidió respirar por unos segundos y una pesadez  se instaló en mi pecho por el resto del día.

Durante medio año ella siguió sentándose conmigo para tomarnos el café. Yo la invitaba y ella se dejaba invitar con confianza. Por la tarde nos volvíamos a reunir y teníamos más tiempo para charlar. En ese tiempo me pude enterar de toda su vida, de sus gustos, de sus sueños, sus expectativas, ideas, conceptos, carácter, problemas y alegrías. Se desató una comunicación intensa entre nosotros que solo hacía crecer y crecer. Incluso me presentó a sus amigas y compartimos todo tipo de cosas, siempre sin salir de aquel café que se había convertido en nuestro hogar alternativo. Quizás la pérdida a muy temprana edad de su padre, a quien nunca conoció, le dejó para el futuro un vacío que solo alguien con cierta edad y experiencia podía llenar. Lo cierto era que, cuando llegó el final del curso ya éramos grandes amigos.

Yo resulté ser una fuente de sabiduría que no imaginé. La experiencia acumulada durante los años, los golpes que recibí del mundo, mis fracasos y desventuras, terminaron llenándome de perspicacia ante los problemas que todos enfrentamos y por ende, en la vida de Vanessa no existía ningún escollo sobre el que no pudiese emitir un juicio directo y darle un excelente consejo. Me descubrí siendo el guía de una joven introvertida que se había abierto completamente a un extraño y que buscaba mi consejo para todo y lo mejor era que siempre me daba la razón, luego de reflexionar sobre lo que le decía.

Terminó por adoptarme como una especie de consejero y por mi parte, nada me hizo más feliz que esperarla día tras día en aquel café. Si al principio me llamó la atención como a cualquier hombre que tuviese ojos y buen gusto, al cabo de pocas semanas dejé de mirarla como a una mujer. En cambio, la asimilé como una amiga y llegué a pensar que el cáncer había extirpado mi energía sexual y en su lugar dejado un amor platónico hacia alguien veintitantos años menor que yo.

Lo cierto es que encontré en esa relación un bálsamo para mi alma. Al fin hallaba a alguien y podía ser bueno y puro para esa persona, sin deseos de usarla o de sacarle algún provecho. Quizás la noticia de que moriría pronto había ablandado mi alma y sacado a flote sentimientos que pensaba extintos o ausentes en mí. Ella sacó solo con palabras e inocencia, lo mejor de mi personalidad. No sé si alguna vez sospechó que me pasó por la mente acostarnos; pero su natural confianza y sensibilidad me conquistaron de tal modo que si alguien se hubiese atrevido a faltarle tendría que vérselas conmigo y yo no era comida fácil para nadie, cuarentón y enfermo como estaba.

La vida licenciosa que imaginé tener en mis últimos años se convirtió en un suave pasar de días tranquilos, donde leía durante largas horas los libros que luego le regalaba a Vanessa, disfrutando de tazas de café o té con galletas. Comía poco debido a que perdía el apetito por el tratamiento y tenía crisis cada vez más frecuentes, durante las cuales no podía asistir a las periódicas citas con mi amiga.

Ya estando de vacaciones, una mañana me pidió la dirección para ir a buscar todos los libros en compañía de su mamá y se me ocurrió la idea de hacerles una cena. A ella le encantó la idea y quedamos que el próximo sábado irían a mi apartamento. Le di mi dirección y preparé todo como si fuera mi propia despedida. Cociné yo mismo y puse la mesa con gran delicadeza y pulcritud. A la hora señalada sonó el timbre de la puerta. Me asomé por la ventana y vi a la chica y a una mujer delgada y hermosa a su lado. Frente a la casa estaba detenido un auto desconocido y me alegré de que no vinieran en un taxi. Oprimí un botón que abría automáticamente la puerta del edificio y me dispuse a recibir mi esperada visita. Ambas entraron y nos saludamos, presentándonos formalmente. Entonces, después de unos segundos de permanecer mirándonos y ante la sorpresa de Vanessa, la madre me preguntó algo que me dejó perplejo. Lo hizo lentamente y con precaución, casi incrédulamente, como si desactivara una bomba de tiempo.

— ¿Raúl? ¿Realmente eres tú, Raúl Mendoza Linares?

—Sí, sí, soy yo; pero… cómo puede ser. ¿Acaso eres…Alicia?

La chica permanecía petrificada por la sorpresa. No podía entender la escena que se desarrollaba delante de ella.

—Mamá, ¿ustedes se conocen?

—Sí Vanessa, nos conocemos desde hace mucho tiempo —le respondió la madre sin dejar de mirarme como hechizada.

— ¿Cómo es posible eso?

—Porque éste hombre, aunque él no lo sepa, es tu padre.

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