Más tarde, Willson la agarró suavemente por las muñecas y le levantó las manos.
Ella estaba jadeando, no podía hacer nada más que mirarlo. Su rostro amado, tan familiar, tan querido que habría dado su vida por volver a verlo.
Vio una tristeza infinita en sus ojos y algo que no podía explicar.
—Carol—, repitió en voz baja.
Las fuerzas la abandonaron y sintió un intenso deseo de dormir. Cuando le soltó los brazos, se dejó caer en el banco y él se sentó a su lado.
—¡Carol!— Balbuceó su nombre, imi