SOPHIE
Roger está sentado frente a mí con una calma que no reconozco. No cruza las piernas. No tamborilea los dedos. No levanta la voz. Esa quietud suya, antinatural, es lo que más me descoloca. Prefiero su enojo, sus reproches, incluso sus escenas de celos mal disimuladas. Esto no. Esto es otra cosa.
Yo, en cambio, no logro quedarme quieta.
Camino unos pasos, me detengo, vuelvo a sentarme y me levanto otra vez. Siento el cuerpo demasiado grande para este espacio, como si las paredes se hubier