Alena
—Llegas cinco minutos tarde —afirma la jefa Quincy en el mismo instante en que entro a la estación—. Pensé que estabas ansiosa por volver al trabajo.
—Lo estoy —respondo—. Mi madre acaba de dormirse, por eso me retrasé. Lo siento.
—Está bien —dice Quincy—. ¿Cómo está tu brazo?
—Bien.
—Veo que ya te quitaste el vendaje —observa—. Perfecto, porque voy a necesitar que aprietes el gatillo cuando te lo diga.
Frunzo el ceño ligeramente.
—¿El gatillo?
—Vamos a ir encubiertas —me informa—. Así qu