Alena
Ese era Joel. Estaba cien por ciento segura. ¿Qué demonios hacía aquí? Y pensar que le había dado el beneficio de la duda cuando papá dijo que había cambiado.
Si las dos horas se cumplían y tenía que irrumpir en ese lugar y arrestar a todos los presentes, como el jefe me había ordenado… tendría que arrestar a Joel también. Y eso destrozaría a papá.
—¡Joder, Joel! —grité, golpeando el volante con el puño.
Saqué el teléfono y hice algo que no hacía desde hacía años: lo llamé.
Contestó casi