CRISTINE FERRERA
Entonces corrí, dejando que mis tacones resonaran e hicieran eco. El peso de la navaja y las ganzúas eran plomo en mis bolsillos hasta que por fin llegué a la última celda. Eliot estaba sentado en el borde del colchón, apoyado sobre sus rodillas, viendo a la nada. Me rompió el corazón verlo así. Cuando sintió mi presencia de inmediato se levantó. Su gesto serio se transformó en curiosidad y después en una media sonrisa.
—¿Qué te hiciste en la cara? —preguntó en un susurro y no