DEREK MAGNANI
Saqué del auto a Cristine en brazos y la llevé todo el camino en el elevador cerca de mi pecho, sintiendo su aliento. Cuando entré al departamento parecía completamente solo. La llevé hasta su habitación, depositándola gentilmente sobre la cama. Estaba dispuesto a dar media vuelta e irme cuando ella entreabrió los ojos, retorciéndose con pereza. Entonces levantó sus manos hacia mí como si esperara un abrazo.
—Este es tu hogar… —susurró y me sonrió—. Ven, hay espacio para todos.