DICTADURA INCLUSIVA
DICTADURA INCLUSIVA
Por: Maurice Camps
Amanecer

-Como todos los domingos, la posibilidad de que abran es nula…

-Claro. Si vos lo decís. Tenés menos ganas de caminar que yo de morirme de insomnio.

-¿Sabés qué? Andá vos.

-¿Qué? 

-Lo que escuchaste. Andá vos. Yo me cansé de ser tu sirviente.

Sabía con claridad lo que sucedería a continuación. 

Ella reaccionaría con furia descontrolada, tildando su accionar como machismo irracional. Luego vendría la amenaza, y él cedería, por enésima vez.

-Así que sos un sirviente. Un esclavo diríamos…

-Eso es lo que vos creés. Pero te equivocas.

Ella se levantó del sillón, sin quitarle los ojos de encima. 

El enojo que encerraba en su mirada podría derretir al sol.

-¿Me estás desafiando?

Él hizo una mueca de frustración.

-Bety...no se trata de desafíos. Se trata de que estoy cansado. Cansado de que me tomés de estúpido. Está bien que soy menor que vos, pero eso no significa que tenga que hacer todo lo que vos digas. Está bien que vos trabajás, pero tampoco abuses de mí.

-Ah, el señor piensa que soy una tirana. Una enferma de poder. ¿Y vos que sos? ¿machito…?¿sos el varón al que hay que servir? ¿el macho alfa?

Reynaldo bajó la cabeza. 

No tenía muchas chances. 

Ella lo tenía amenazado hacía bastante tiempo. 

La relación hermano-hermana estaba rota desde el día que ella lo denunció por micromachismo, cuando él decidió no salir a comprar después que empezara a salir el sol, a la hora prohibida.

“Reynaldo Partava. Va a tener que acompañarnas”

“¿Y yo que hice?”

“Su hermana dice que usted quiere limitar su autoridad.”

“¿Que yo, qué?”

“Per faver. Acompañenas a la seccional 22, de Delitas de insubordinacióen masculina.”

Pocos volvían de allí. 

Casi nadie se diría, luego de que se decretara la nueva ley de “Emergencia inclusiva de restriccióen de actes violentes de génere”

Él logró salir gracias a su hermana, Betiana Partava, la jueza institucional del sector 12. 

Ella había quitado la denuncia. 

Aún mantenía cierto apego por él, pero no dejaba de odiarlo por ser hombre. 

Y un hombre blanco. 

Y heterosexual.

En más de una ocasión lo amenazó con derivarlo al Centro de Acondicionamiento de Género, luego de que este se negara a prepararle el té. 

Un campo de exterminio prácticamente. 

Existía un Centro de Acondicionamiento de Género en cada ciudad capital. 

No demoraría más de 10 minutos en llegar allí.

Por eso, para no ensuciar su conciencia (si es que aún le quedaba algo de ello), le exigía que saliera a comprar luego del toque de queda. 

Nadie salía a esa hora, o al menos casi nadie. 

Existía un par de quioscos ilegales que se encontraban en las afueras de la ciudad. 

Pero era un riesgo salir a comprar luego de que el sol saliera. 

-Bety...sabés lo que le pasó al “Conejo” por salir a esta hora.

-Es tu problema. Y del “Conejo”. Y además, ¿quién le manda a ser hombre?

Cuando estaban en casa ella jamás empleaba el lenguaje inclusivo. 

Era una absoluta hipócrita. 

Cuando asistía al juzgado de Género Diverso y Femenino a pasar las horas ejecutando las leyes, se destacaba en sus discursos con ese lenguaje. 

La admiraban con adoración. 

Gracias a ella las conductas de intimidación machistas habían cesado casi hasta extinguirse en el sector 12. 

Esperaba con ansias ser recomendada para liderar toda la Zona Este, aunque sabía que debía sortear las habilidades de la jueza Marla Cartava.

-Bety...yo soy hombre. Y sabés bien que a esta hora andan las Persefones, y que si me agarran, estoy en el horno.

-Ya te dije. Es tu problema. Mi problema es que necesito mi alekpax. No hay más. Se acabaron. 

Reynaldo pasó una mano por su rostro, que quedó arrugado como una nuez. 

No tenía salida a su situación. 

Le quedaban solo dos opciones: negarse y enfrentar una denuncia, o matar a su hermana y huir. 

Las muertes de mujeres habían bajado de número desde que se aplicaran los castigos supremos. Un castigo insoportable para los asesinos de mujeres. O de cualquier otro ser vivo que no fuese hombre blanco. 

-Está bien.-dijo, resignado. 

En sus pensamientos cruzó la idea de escapar. Huir definitivamente. Ser libre de su hermana, de la eslcavitud del trabajo en el Comité Insalubre.

El dilema radicaba en que no sabía a dónde huir. 

Y cómo.

Ella tomó el dispositivo, un A****n A-38.

-Poné el dedo.

Él apoyó el dedo en la pantalla y ella derivó el importe. 500 dólares.

-¿Dólares?

-Y si...en la Farmacia Vitta Nova no reciben los pesos. Acordate que es italiana.

Reynaldo hizo un gesto de fastidio.

La Farmacia Vitta Nova era totalmente ilegal. 

Estaba en un sótano, debajo de una cochera a unas 15 manzanas de allí. 

Atendía un sujeto gordo, un travesti de unos 50 años, que decía tener 15,que siempre estaba sonriendo, y que siempre parecía oler mal.

La pornografía le había comido el poco cerebro que tenía. 

-¿La Vitta?

-Si. ¿Algún problema?

Reynaldo soltó un respingo.

-No. Ninguno.

Revisó su pulgar nuevamente. Verificó que la banda imantada no estuviera descompuesta como la última vez, cuando casi le extirpan el dedo.

-¿Necesitas algo más?

-Nada. No demores.

Reynaldo se dirigió arrastrando los pies hasta su dormitorio, una cueva de dos por dos en la que no existían ventanas. Apenas entraba la cama. Sobre la pared, unos clavos de los que colgaban unas bolsas de tela teñidas en suciedad, que hacían de guardarropas. 

Metió la mano en una de las bolsas, escarbando hasta el fondo. Sacó unos lentes oscuros, de esos que se usan para soldar. 

Luego buscó el Carnet Único, el que validaba que tenía todas las vacunas y que tenía aprobado el Exámen de Instrumentación de Género, ese que era obligatorio para todos los varones mayores de 18 años que manifestaban ser heterosexuales.

Aún recordaba el trajín de rendir ese examen. Los nervios de poder acceder a ese exámen al cumplir los 18 y de esa manera disfrutar los beneficios de vida de adulto. Su hermana estaba a cargo ese día de la verificación de los resultados. Casi se desmaya cuando revisó la respuesta 12. Él siempre revisaba los exámenes antes de entregarlos, precisamente con la intención de corregir cualquier error, pero ese día no tuvo tiempo.

La pregunta era bastante sencilla: ¿Cómo cree usted que el M. I. F. N.M. debería alinear normas en función de los paradigmas de empoderamiento de la segunda ola?

La respuesta era bastante fácil también.

Él había escrito: “Al ser el varen un ser diverse, las normas deberían acentuarse en sus diferencias y acrecentar el valoer del paradigma de la autora Michelle Meffa y citoe: el génere es el últime parangóen a que les seres hemes llegade. El varen heterosexual resulta en la amenaza constante al avance hacia una linealidad plena, dada sus inclinaciones incisivas. Debe ser erradicada la mínima inferencia a una individualidad de lo heteroe y buscar la homogeneidad del placer”

Luego de entregar el examen se sentó a esperar la calificación de, en ese día agraciado, su hermana. 

Al pasar unos minutos ella lo llamó desde el frente.

-¿Qué pasó?-preguntó él.

Ella le marcó el error golpeando con el dedo índice en la hoja. Le hizo seña para que acercara su oído:

-Si no estaba tu hermana, vos ibas directo al Centro de Acondicionamiento. ¿Cómo podes poner varen solamente? ¿No aprendiste nada?

Él sintió un verdadero calor en todo el cuerpo. 

Qué desastre, pensó. 

Inmediatamente tomó la hoja y corrigió el error: varón blanco heterosexual.

-Gracias, hermana…-le respondió.

-Nada es gratis- le dijo ella.

Y así fue. 

Él se convirtió en una especie de esclavo que estaba a su completa disposición. 

Sus planes de llegar a los 18 años, acceder al Carnet Único y poder marcharse a la Patagonia, donde los trabajos eran más duros, pero la libertad mayor, se esfumaban tras esa deuda. Una deuda que ella recordaba de continuo.

Lo que él no sabía era la forma en que ella estaba pensando ascender. Quería llegar a ser Jueza de la Zona Este. Y más aún. Ser la Instructora de toda la Ciudad de La Punta. 

Había formas de lograrlo. 

Una de ellas incluía un gran sacrificio: demostrar la lealtad ante la Sacerdotisa en el culto a la diosa Asera: entregar a un “macho” consanguíneo. 

En su caso, a su hermano.

Su mejor amiga y confidente, Pabla X-da le sugería continuamente esa posibilidad. Una gran posibilidad.

“Es un sacrificio determinante. Sabés que los hombres no valen nada. Ellos solo sirven para el trabajo forzado. Y eso implica mandarlo a Patagonia, a cargo de los Femistos. Si lo entregás a sacrificio la Sacerdotisa va a impulsar tu carrera. De eso no hay dudas.”

Lo único que debía hacer era involucrarlo en problemas. 

Como salir en horas no permitidas, por ejemplo. 

Una vez que lo apresaran, ella, como castigo lo llevaría al Templo de Asera, y allí lo entregaría a manos de la Sacerdotisa. 

Un trabajo simple. 

Excepto por los sentimientos.

Reynaldo y ella constituían lo que quedaba de la familia Partava. Su padre fue llevado a la Patagonia, al ser descubierto en una grave falta: no había formado a su hijo, Reynaldo, en las experiencias sexuales de género, es decir, lo privó de librarse del estigma heterosexual. 

La madre murió de Covid-19, pocos meses después de que su marido fuera exiliado. Una muerte terrible, luego de pescar la última mutación del virus: Covid-19-H4. 

Así pasaron a quedarse solos. 

Al morir la madre, Bety tuvo que hacerse cargo de la casa, los impuestos y de la alimentación de su hermano. Ella pasaba a ser la jefa del hogar. 

Por ello le costaba tanto desprenderse de una vez de su hermano. 

Pero eso estaba cambiando poco a poco. 

La sensibilidad daba paso a la lealtad a la diosa y sus principios.

Reynaldo buscó la máscara antivirus, la cargó de oxígeno, y se dirigió a la puerta. 

-Si no vuelvo, espero que puedas dormir con la conciencia sucia. 

-Si no volvés no voy a dormir. 

Él la miró, extrañado.

-Porque van a venir a buscarme para avisarme…

-¿Te gustaría que eso pase?

-Me gustaría que dejés de hablar y vayas a comprar de una buena vez.

Él chasqueó los dedos y cerró la puerta de un golpe.

Ella se quedó mirando con enojo.

Luego volvió su mirada al televisor. 

El enojo se transformó en una mueca parecida a una sonrisa.

-Instructora...Instructora Betiana Partava...

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