Tragué con dificultad, sin saber cómo responder. Mi cuerpo se sentía exhausto y, al mismo tiempo, extrañamente vivo; cada nervio aún vibraba por la intensidad de lo que habíamos compartido. Pero mi mente… mi mente era una tormenta.
—Un poco de ambas cosas, quizás —susurré—. Es solo que… no esperaba que se sintiera así.
Sus dedos se detuvieron un momento en mi cabello antes de reanudar sus lentas caricias.
—Dime qué sientes, Rina. Aquí no hace falta que te escondas.
Cerré los ojos y apreté más l