No me moví.
Me quedé congelada de mi lado de la puerta, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho y la cara ardiendo como fuego. No dejaba de repetir esas tres palabras en mi cabeza una y otra vez, sintiéndome tan mortificada que quería desaparecer.
Te oí.
Tal vez se refería a otra cosa. Tal vez me había oído caminar, encender la lámpara o algo inocente como eso. Tal vez…
—Puedo oírte pensando desde aquí afuera —dijo, y esa risa tranquila en su voz me retorció el estómago y lo hizo caer—