La verdad era que los quería. Ferozmente. A mamá, que todavía me enviaba paquetes con mis barras de granola favoritas de marca blanca y notas escritas a mano en cursiva perfecta. A papá, que me había enseñado a cambiar una rueda y nunca se perdió ni una sola de mis exposiciones de arte en el instituto. A Emily, que solía robarme la ropa y suplicarme que le trenzara el pelo. Hasta a Sophie, que había empezado a imitar mis viejos ojos en blanco pero todavía me mandaba memes a las dos de la mañana