—Bueno, eso no da nada de miedo. Joder, me preocupo por ti... ¿Pero qué espera que hagas? No va a esperar que hiervas cachorros, ¿verdad? —dijo María, acurrucándose en el pequeño sofá de la casa de Janet.
—No tengo ni idea. Te juro que se me ponía la piel de gallina cada vez que abría la boca para hablarme directamente. Pero está buenísimo. Es una locura que tenga que ser así —dijo Janet, deslizándose hasta el suelo junto a la silla de María.
—¿Y encima tenías que decirle que harías cualquier c