Victoria seguía apoyada contra mí como si hubiera recuperado un lugar que nunca volvió a pertenecerle. No la aparté. Dejé mi mano sobre la suya y respiré despacio, controlando cada gesto. Si algo había aprendido de ella, era que necesitaba sentirse elegida antes de bajar la guardia. No debía empujarla. Bastaba con darle espacio para que hablara hasta hundirse sola.
—Aquella noche cambió todo para mí, Sasha —dijo, levantando el rostro—. Cuando entré y vi que era Luciana la mujer que estaba entre