PEDRO GENARO
—Tienes mucho descaro exigiéndome eso, Esmeralda —le resoplé con frialdad.
Esmeralda pareció herida una vez más, pero después de todas las cosas que ha hecho, no era una mujer por la que sintiera mucha lástima.
La única razón por la que ella había podido seguir siendo mi Luna todo este tiempo era porque ella era la que la diosa de la luna aparentemente eligió para mí.
No importaba qué, no era prudente deshacerse de ella, cuando no es como si hubiera alguien más para ocupar su lugar