La habitación estaba sumida en una penumbra tranquila, rota únicamente por los débiles destellos de la luna que se filtraban a través de las cortinas entreabiertas. Amelia dormía profundamente, su respiración era constante, como si finalmente hubiera encontrado un breve respiro del peso que llevaba consigo. Pero esa paz era frágil, un espejismo que no duraría mucho. Un ruido sordo la arrancó de su sueño. Su corazón dio un salto, y sus ojos se abrieron de par en par mientras intentaba ajustar la