Cuando Mia abrió los ojos, ya no eran humanos. Eran puro poder, eran ira divina, eran la venganza hecha carne.
Deimos cayó de rodillas, no por sumisión, sino por el puro peso de lo que estaba presenciando.
—¿Qué has hecho? —Logró preguntar en un murmullo.
Mia lo miró, y en ese momento, él lo supo… La mujer que había amado ya no existía.
Lo que quedaba era la Luna hecha ira. Lo que quedaba era la Tormenta y Velkan nunca volvería a ser el mismo.
El grito de Mia no se apagó. Se expandió