En las mazmorras más profundas del castillo, donde ni la luz de las antorchas lograba ahuyentar la oscuridad, Seth despertó encadenado.
—Pensé que te gustaban las sombras. —La voz de Mia emergió de la penumbra, fría como el acero. —Te traje un poco de casa.
Seth intentó reír, pero solo logró toser sangre.
—Qué... considerado de tu parte.
Mia se acercó lentamente, con sus pasos resonando como campanas de muerte. En sus manos llevaba dos objetos: Un cuchillo de plata. Y un frasco de aqua regia,