FRANCO
Me encontraba en la tenuemente iluminada sala de juntas de la mansión clandestina, con el pesado silencio oprimiéndome los hombros mientras la tinta de mis tatuajes me quemaba la piel. Normalmente, yo era el hombre al que todos temían en esta ciudad, un jefe mafioso cruel y despiadado que nunca dudaba en eliminar un obstáculo con sus propias manos, pero ahora me sentía como un cachorro tembloroso esperando una orden.
Casi me flaquearon las rodillas al mirar al otro lado de la larga mesa