LUIS
Honestamente creía que todo finalmente estaba saliendo de acuerdo al plan y, mientras estaba sentado dentro de la oficina de Sebastián González revisando los últimos documentos del día, me sentía más seguro que nunca. Cada empleado me trataba como a Sebastián, cada ejecutivo escuchaba mis órdenes y cada día que pasaba me hacía creer que nadie descubriría jamás la verdad.
La empresa era mía.
La mansión era mía.
La vida era mía.
Al menos eso era lo que pensaba.
Me recliné en la costosa silla