Romanov se quedó de piedra, esa voz, la voz que tanto le molestaba y le gustaba por igual. Se viró lentamente o al menos así lo percibió él. Se quedó fijo mirándola, era ella, un poco pálida, pero ahí estaba, a unos escasos pasos de él.
—Hola —le dijo él mirándola embobado.
—¿Necesitas algo?
—Necesito…vine por… —no podía hilvanar una oración completa.
—No te preocupes —le dijo ella un poco triste —solo salí del cuarto porque sentí un sonido raro y sé que no hay nadie más aquí, pero tr