17. TÚ ME PERTENECES
ISABELLA
Una pesada cazadora cayó de nuevo sobre mi cuerpo, tapando mi desnudez.
El aroma invernal inundó enseguida mi nariz y casi hizo ronronear a mi loba traidora.
—Aurelius, estás asustando a la chica…
—Ese es mi problema con ella. No te metas donde no te llaman, Leonardo —le ladró entre dientes y me tomó del brazo para arrastrarme dentro del vestuario.
Bajé la cabeza, avergonzada de toda esta escenita.
—¡Ya se acabó el descanso, señores, vuelvan a su entrenamiento! —la voz de los inst