17. TÚ ME PERTENECES
ISABELLA
Una pesada cazadora cayó de nuevo sobre mi cuerpo, tapando mi desnudez.
El aroma invernal inundó enseguida mi nariz y casi hizo ronronear a mi loba traidora.
—Aurelius, estás asustando a la chica…
—Ese es mi problema con ella. No te metas donde no te llaman, Leonardo —le ladró entre dientes y me tomó del brazo para arrastrarme dentro del vestuario.
Bajé la cabeza, avergonzada de toda esta escenita.
—¡Ya se acabó el descanso, señores, vuelvan a su entrenamiento! —la voz de los instructores comenzó a llenar de nuevo la sala.
Miré hacia atrás con ojos preocupados y llenos de disculpa para el profesor.
“¡No te atrevas a seguir mirando así a otro hombre en mi presencia!” El rugido en mi mente casi me paraliza.
Entramos en un vestidor vacío y mi cuerpo de repente fue acorralado entre la puerta de metal de una taquilla y un gigantesco lycan de casi dos metros.
—Su majestad, yo no…
—Tú no, ¿qué? … siempre no quieres, no puedes, no es tu culpa… —me interrumpió y comenzó a de