Todavía temblaba, con los muslos resbaladizos por su primera corrida, cuando entramos tambaleándonos al baño. La pelea parecía haber ocurrido hace años; lo único que quedaba era el dolor palpitante en mi coño y el desastre pegajoso que se escapaba de mí con cada paso.
Encendió la luz y cerró la puerta de una patada. El espejo se empañó al instante por el calor que desprendían nuestros cuerpos. Ni siquiera esperó a que el agua se calentara; giró la llave hasta el máximo, me agarró por la cintura