Habíamos estado a la garganta del otro toda la noche. Empezó con una discusión estúpida sobre quién se había olvidado de pagar la factura del cable y terminó en gritos sobre cómo él nunca escucha y cómo yo siempre estoy reprochándole todo. Para cuando llegamos a casa después de esa desastrosa cena con amigos, yo daba portazos y él murmuraba por lo bajo, con la cara roja y tensa.
Entré furiosa al dormitorio, me quité la ropa hasta quedar en bragas y sujetador —como si él fuera a conseguir algo e