Apenas había tenido tiempo de recuperar el aliento cuando Valentina ya me tenía inclinada sobre la mesa de la cocina, con la sudadera subida hasta la cintura y el culo al aire. Mi portátil seguía abierto, la llamada de Zoom había terminado hacía rato, pero el pequeño botón rojo de “Salir de la reunión” parecía burlarse de mí, como si supiera exactamente en qué clase de lunes se había convertido esto.
—Joder, no puedo creer que hayas dicho que sí —gruñó contra la nuca, con una mano enredada en m