Cade no esperó a una segunda invitación; deslizó sus manos bajo mis muslos, me levantó del suelo como si no pesara nada y me llevó fuera del baño con el dildo todavía enterrado profundamente dentro de mí. Cada paso hacía que el juguete se desplazara, rozando mis paredes y manteniéndome justo en el límite. Mis brazos se enredaron en su cuello, mis uñas se clavaron en sus hombros y no pude evitar que pequeños gemidos rotos escaparan de mi garganta.
David ya estaba esperando junto a la cama, acari