Estaba de espaldas en medio de la cama extragrande, con el pecho agitado y los muslos todavía temblando por el último orgasmo. Tenía el semen de David en la cara y las tetas, y el de Cade chorreando de mi coño hinchado. Las sábanas estaban empapadas debajo de mí; una mancha gigante de humedad se extendía por el colchón.
David se arrodilló junto a mi cabeza, con la polla ya medio dura otra vez, acariciando perezosamente con el pulgar el desastre que había dejado en mi mejilla.
—Mírate —dijo, con