Habían pasado tres días desde que mi novio decidió que ya no valía la pena el esfuerzo, y mi cuerpo llevaba gritando por liberación desde entonces. Mi coño estaba mojado todo el tiempo, el clítoris me palpitaba contra la costura de cada braga que me ponía. A medianoche ya no aguanté más. Necesitaba correrme tan desesperadamente que temblaba. Lo necesitaba fuerte, sucio y sin vergüenza.
Me puse el vestido blanco de verano más fino que tengo, ese que se pega a mis tetas pesadas y apenas cubre la