La verdad es que llevaba meses en un desierto sexual y romántico total. Del tipo “mi vibrador tenía más acción que toda mi historia de citas”. El trabajo me tenía loca, mi ex se había mudado a Portland con una instructora de yoga llamada River, y yo ya estaba harta de todo. Harta de las apps de citas, harta de las chicas heteros que “solo querían experimentar”, harta de toda la puta mierda.
Por eso dije que sí cuando mi amiga Marisol me escribió sobre esa fiesta en la azotea en Bushwick. No era