Quedan Cien Días

El trayecto de regreso a la mansión Sinclair transcurrió en completo silencio. Al otro lado de la ventanilla, la ciudad brillaba bajo la tenue luz de innumerables farolas, mientras largas filas de vehículos avanzaban lentamente entre el tráfico de la noche. Evelyn apoyó suavemente la cabeza contra el cristal frío y contempló cómo las calles que tan bien conocía iban quedando atrás una tras otra. La reunión familiar había terminado hacía varias horas, pero cada conversación, cada sonrisa y cada instante vivido aquella noche seguían repitiéndose en su mente con una claridad asombrosa. Había asistido a decenas de cenas familiares de los Sinclair durante los últimos cinco años, pero ninguna la había dejado con una sensación de soledad tan profunda.

No culpaba a Isabella por haber aceptado el asiento junto a Adrian. Isabella le había preguntado con amabilidad si le molestaba y solo se sentó allí después de recibir su permiso. Tampoco guardaba resentimiento hacia Margaret Sinclair, cuya sugerencia había nacido del sincero cariño que sentía por una joven a la que había visto crecer casi como si fuera una hija. Incluso Adrian no había hecho nada que cualquiera pudiera calificar de cruel. Simplemente se había comportado exactamente como siempre, convencido con absoluta tranquilidad de que todo había sucedido con total naturalidad. De algún modo, aquella indiferencia silenciosa le dolía mucho más que cualquier acto deliberado de crueldad.

Cuando el automóvil atravesó las puertas de la mansión, Evelyn ya sabía que recordaría aquella noche durante mucho tiempo. Le había mostrado una verdad que llevaba años negándose a aceptar. El amor no podía ganarse únicamente con paciencia. La devoción, por sí sola, jamás podía convencer a otra persona de abrir un corazón que nunca te había pertenecido.

El mayordomo la recibió con la amabilidad de siempre y tomó su bolso.

«¿Desea que le prepare una taza de té, señora?»

Evelyn le dedicó una suave sonrisa.

«No, gracias, Thomas. Ha sido una noche muy larga y creo que prefiero descansar.»

«Muy bien, señora. No dude en avisarnos si necesita cualquier cosa.»

«Lo haré. Muchas gracias.»

Subió la escalera lentamente y se detuvo un instante frente a la puerta del dormitorio antes de abrirla en silencio. La habitación permanecía exactamente igual que cuando la había dejado aquella misma tarde. Adrian todavía no había regresado de la reunión familiar porque se había quedado hablando de asuntos de negocios con algunos familiares, o al menos esa había sido la explicación que Margaret les dio antes de que todos se marcharan. Evelyn la aceptó sin hacer preguntas porque, hacía mucho tiempo, las explicaciones habían dejado de cambiar lo que sentía.

Se cambió de ropa y se puso un cómodo camisón color marfil antes de guardar cuidadosamente el vestido verde esmeralda dentro del armario. Cuando levantó la mano para quitarse los pendientes, vio el ordenador portátil de Adrian sobre el pequeño escritorio junto a la ventana. Él casi nunca lo dejaba en casa porque contenía documentos confidenciales de la empresa, así que le sorprendió encontrarlo allí.

Se acercó al escritorio con la única intención de llevar el ordenador a su despacho para evitar que algún sirviente lo moviera accidentalmente mientras limpiaba por la mañana.

En cuanto lo levantó con cuidado, la pantalla se iluminó.

Al parecer, no se había apagado por completo.

Varios correos electrónicos sin leer aparecieron en la pantalla.

Sin intención de invadir la privacidad de Adrian, la mirada de Evelyn se detuvo de manera instintiva en el mensaje que aparecía en la parte superior porque el asunto estaba escrito en letras negritas y captó de inmediato toda su atención.

Vencimiento del Contrato Matrimonial. Quedan Cien Días.

Sus dedos se aferraron con un poco más de fuerza al borde del escritorio.

La habitación quedó tan silenciosa que lo único que podía oír era el ritmo constante de su propia respiración.

No abrió el correo.

Simplemente siguió contemplando aquellas palabras, sintiendo como si el mundo a su alrededor hubiera dejado de moverse.

Cinco años.

Su acuerdo siempre había tenido una fecha de finalización.

Ella lo había sabido desde el principio.

Sin embargo, en algún momento de aquellos cinco años, se permitió olvidar que los contratos terminan, incluso cuando los sentimientos permanecen. Adrian, en cambio, nunca lo había olvidado. El departamento jurídico de la empresa ya había comenzado a preparar el día en que su matrimonio llegaría oficialmente a su fin, mientras ella todavía seguía esperando que, algún día, pudieran convertirse en un verdadero matrimonio.

En ese momento, Evelyn no lloró.

En lugar de eso, algo mucho más silencioso ocurrió en lo más profundo de su corazón.

La esperanza que había protegido durante cinco largos años finalmente aflojó su firme abrazo y, por primera vez desde que se convirtió en la esposa de Adrian Sinclair, se preguntó si dejarlo ir dolería menos que seguir aferrándose a un amor que nunca había sido suyo.

Evelyn permaneció de pie frente al escritorio durante lo que le pareció una eternidad, con la mirada fija en el asunto del correo que había destrozado silenciosamente la ilusión que había protegido durante cinco largos años. El mensaje seguía sin abrir porque ya no necesitaba leer su contenido. Aquellas seis sencillas palabras ya habían respondido a todas las preguntas que durante tanto tiempo había tenido miedo de hacerse. Su matrimonio siempre había estado marcado por el paso del tiempo y no por el amor. Mientras ella había albergado la ingenua esperanza de que cinco años de entrega incondicional pudieran convencer a Adrian de cambiar el final que ambos habían aceptado, él había estado preparándose fielmente para cumplir el contrato exactamente como había sido redactado.

Un leve sonido procedente del pasillo terminó por devolverla al presente. Cerró el ordenador portátil con el mismo cuidado con el que lo había encontrado y luego tomó asiento en la silla junto al escritorio. La habitación parecía exactamente igual que unos minutos antes. Las cortinas seguían moviéndose suavemente con la brisa nocturna que entraba por la ventana entreabierta, la lámpara de la mesita continuaba bañando el dormitorio con una cálida luz dorada y la fotografía de su boda, colocada sobre la estantería, seguía mostrando a dos personas de pie bajo una lluvia de rosas blancas. Todo parecía permanecer intacto y, sin embargo, Evelyn sabía que nada dentro de ella volvería a ser igual.

Su mirada se posó lentamente sobre la fotografía de la boda. Recordaba con absoluta claridad a la joven llena de esperanza que sonreía dentro de aquel marco. Recordaba haber creído que, aunque Adrian no pudiera amarla desde el principio, la bondad, la paciencia y los recuerdos compartidos acabarían construyendo algo que ninguno de los dos esperaba. Ahora comprendía que había confundido una posibilidad con una certeza. Adrian nunca había hecho promesas que después rompiera. Las únicas promesas que habían quedado incumplidas eran las que ella misma se había hecho en silencio, sin pronunciarlas jamás en voz alta.

En lugar de dejarse consumir por la desesperación, Evelyn sintió algo completamente inesperado. Una serenidad desconocida comenzó a instalarse poco a poco en su corazón. El dolor seguía allí, pero la incertidumbre había desaparecido. Durante años había seguido esperando porque creía que el mañana sería diferente del ayer. Ahora comprendía que cada nuevo día repetiría las mismas decepciones silenciosas, a menos que reuniera el valor suficiente para cambiar su propio destino.

Abrió el cajón del escritorio y sacó un pequeño cuaderno que utilizaba de vez en cuando para anotar asuntos relacionados con la casa. Pasó hasta la primera página en blanco y apoyó la punta del bolígrafo sobre el papel durante varios instantes antes de escribir la fecha de aquel día con una caligrafía limpia y ordenada. Debajo escribió otra frase que parecía casi imposible de creer.

Quedan cien días.

Contempló aquellas palabras sin apartar la vista, permitiendo que su verdadero significado fuera instalándose poco a poco en lo más profundo de su corazón. Cada amanecer la acercaría un día más a su libertad. Cada atardecer se llevaría consigo una parte de la vida que había pasado cinco años intentando conservar. Por primera vez desde que se convirtió en la esposa de Adrian, dejó de contar los días esperando que él finalmente la amara y comenzó a contar los días que faltaban para marcharse en silencio.

Cerró cuidadosamente el cuaderno y lo guardó de nuevo en el cajón antes de cerrarlo con una pequeña llave de latón que llevaba años sin utilizar. Después colocó la llave en la mesita de noche y se acercó a la ventana del dormitorio, desde donde contempló las luces de la ciudad brillando bajo el cielo nocturno. En algún lugar más allá de aquellas luces la esperaba la vida que había abandonado, la carrera que había sacrificado y la mujer que casi había olvidado que alguna vez había sido.

El sonido de un automóvil entrando en la entrada de la mansión resonó débilmente en la quietud de la noche.

Adrian por fin había regresado a casa.

Evelyn no bajó corriendo a recibirlo como había hecho cada noche durante los últimos cinco años. Permaneció inmóvil junto a la ventana, con una expresión tranquila mientras escuchaba el sonido familiar de la puerta principal abriéndose en la planta baja. Sabía que a la mañana siguiente seguiría saludándolo con la misma cortesía y la misma amabilidad de siempre porque el resentimiento nunca había formado parte de su naturaleza. La diferencia era que, a partir de aquella noche, cada sonrisa que le ofreciera ya no sería un intento por conquistar su amor. Sería simplemente el último acto de una mujer que había decidido que, cuando llegara el último día, se marcharía con su dignidad, con sus sueños y con el corazón firmemente sostenido entre sus propias manos.

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