Adrián Di'Marco.
La sala de espera era un purgatorio de luz blanca y silencio espeso.
Las sillas de plástico, dispuestas en filas ordenadas como ataúdes en espera, parecían burlarse de mí. Cada una vacía. Cada una ocupada por el fantasma de alguien que esperaba. Alguien que, como yo, había depositado su fe en manos de extraños vestidos de blanco.
El reloj de pared seguía condenándome.
Las manecillas se arrastraban como heridos en un campo de batalla, avanzando apenas un segundo cada eternidad.