610. Lo siento.
Esa noche no regresamos a la fortaleza.
Nos quedamos en el claro, no como ocupantes, sino como advertencia.
El cielo del este conserva una sombra apenas perceptible, una distorsión que no desaparece con la caída del sol. No es una grieta abierta. Es una presión constante. Una respiración contenida.
Los lobos que fueron liberados de la influencia permanecen apartados. Desorientados. Algunos avergonzados. Otros inquietos, como si una parte de ellos extrañara la intensidad que les fue arrancada.
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