En la ambulancia, los paramédicos atendían a Colsen y vigilaban sus signos vitales. Elise estaba sentada cerca, con las manos y el saco cubiertos de su sangre. Cálida, pegajosa, metálica.
Lo observaba tendido en la camilla, con el rostro de una palidez fantasmal y los ojos cerrados. Su rostro no dejaba traslucir emoción alguna. Solo sus labios apretados delataban cierta tensión. Incluso inconsciente, Colsen seguía balbuceando:
—Elise... Lo siento...
—Nuestro bebé... Lo siento...
—No te vayas...