Un año después, la vida en el pueblo costero había dictado su propia sentencia. Mía ya no era la sombra de nadie; era la dueña de una pequeña gestoría local, una mujer respetada cuya mirada ya no buscaba el suelo. Su hijo, Leo, caminaba con torpeza por la arena, ajeno a que su existencia fue el botín de una guerra de egos.
Ian no se había ido. Trabajaba en los muelles cargando cajas de pescado, bajo el sol abrasador que había curtido su piel y borrado cualquier rastro del CEO arrogante que una vez fue. Vivía en una habitación alquilada y cada semana dejaba un sobre con dinero en el buzón de Mía, sin llamar a la puerta. Ella nunca le daba las gracias, pero tampoco devolvía el sobre. Era una tregua armada por el silencio.
Sin embargo, el odio de los Dumont tenía raíces largas.
Una tarde, un convoy de autos negros irrumpió en la paz del pueblo. De uno de ellos bajó Vanessa, luciendo un traje de diseñador que parecía una mancha de veneno en medio de la naturaleza. No venía sola; la acompa