Seis meses después. Archipiélago de las Islas Cícladas, Grecia.
El mar Egeo era de un azul tan profundo que parecía irreal, una vasta extensión de paz que contrastaba con el caos de la vida anterior de Elena. En lo alto de un acantilado, una villa de mármol blanco se erguía como un santuario. Ya no había cámaras de seguridad militares, ni olor a antiséptico, ni el peso asfixiante del apellido Stark.
Elena estaba en la terraza, observando el atardecer. Llevaba un vestido de lino blanco que ondeaba con la brisa salina. Sus manos, ahora completamente integradas a su sistema nervioso, sostenían una copa de vino con una delicadeza absoluta. Ya no eran solo herramientas de guerra; eran, de nuevo, extensiones de su alma.
Unos pasos pesados pero rítmicos se escucharon detrás de ella. No necesitaba girarse para saber quién era. El aroma a tabaco turco y sándalo lo precedía.
—El servicio de inteligencia dice que Alaric murió esta mañana en su celda —dijo Dante, situándose a su lado—. El virus t