El Instituto Valerius de Cirugía Avanzada no parecía un hospital; era una maravilla arquitectónica de vidrio y luz suspendida sobre el lago Lemán. Para el mundo, era la cumbre de la filantropía médica de la misteriosa Anastasia Voronina. Para Elena, era su redención.
Sin embargo, la paz era un lujo que alguien con su pasado rara vez conservaba.
Elena estaba en su despacho privado, terminando de revisar los planos de una nueva prótesis biónica, cuando la pantalla de su computadora se encendió sin previo aviso. No era una llamada de Dante, ni de su equipo de seguridad. En la pantalla apareció un video granulado de una cámara de seguridad en una celda de máxima seguridad en los Estados Unidos.
Era Lilith Von Brandt.
Pero no era la Lilith derrotada que Elena había dejado en el motel. Su rostro estaba envuelto en vendajes quirúrgicos de color negro, y sus ojos, inyectados en sangre, miraban directamente a la cámara.
—¿Creíste que el agua destilada me detendría, Elena? —la voz de Lilith era