El olor estéril de la clínica se adhería a mi piel como la culpa. Era frío y cortante.
Me senté en la estrecha cama de hospital, los dedos curvados en puños, el estómago en nudos, los ojos secos de tanto llorar y de no dormir lo suficiente. La tenue iluminación de arriba zumbaba débilmente, poniéndome aún más tensa.
Había firmado los papeles. Había pasado por todas las sesiones de asesoramiento. Lo había pensado una y otra vez hasta que quemó un agujero en mi alma.
Y ahora era el momento.
«¿Est